Hay noches en que los sueños se acaban,
todos.
Puede que sea la cerveza, o la vida con un bisturí extirpando ventrículos, ilusiones, y toda esa mierda que a veces te hace seguir adelante. O simplemente llegas a la meta, sin más, con un par de horas de retraso.
Supongo que todos los viajes terminan con un retorno y, esta vez, el final del recorrido ya no tiene más sorbos.
Ha sido un placer desnudarse y, a ratos, digerir el dolor en una página de jugos gástricos.
Pero ahora toca bajar los brazos, ahora viene la estrofa cobarde, ahora es sólo un adiós, sin puntos suspensivos.
Cómo me jode no saber despedirme.
este acto de canibalismo histérico de los días
devorándose por gravedad,
sin rituales paganos,
ni hogueras,
ni vanidades.
esta forma de esperarte en mí menor,
de menguar al ritmo de la luna
en una hemorragia de renglones rojo agosto por la muñeca derecha...
no llevo nada bien olvidarte a la fuerza
así que he decidido,
en cónclave unipersonal de cremalleras contra el amor platónico,
que le van a dar mucho por culo a platón
y a su caverna de fracasados.
y también se me ha ocurrido,
en un acto de masoquismo creativo del que no tiene reputación,
ni ganas,
que van a ser veinte versos hasta que llegues
por cada imagen romántica de tus piernas pidiéndome entrar.
veinte líneas de esperma en tu espalda por cada segundo de vacío
que no pueda beberme en tu ombligo.
devorándose por gravedad,
sin rituales paganos,
ni hogueras,
ni vanidades.
esta forma de esperarte en mí menor,
de menguar al ritmo de la luna
en una hemorragia de renglones rojo agosto por la muñeca derecha...
no llevo nada bien olvidarte a la fuerza
así que he decidido,
en cónclave unipersonal de cremalleras contra el amor platónico,
que le van a dar mucho por culo a platón
y a su caverna de fracasados.
y también se me ha ocurrido,
en un acto de masoquismo creativo del que no tiene reputación,
ni ganas,
que van a ser veinte versos hasta que llegues
por cada imagen romántica de tus piernas pidiéndome entrar.
veinte líneas de esperma en tu espalda por cada segundo de vacío
que no pueda beberme en tu ombligo.
Por más que lo intento, no consigo recordar el día en que decidí subirme al patíbulo y practicarme la eutanasia no asistida a base de inyecciones de sinceridad sin ropa. Quizá fue aquella vez en que el escondite se convirtió en cárcel hace tantos años, cuando algunos instantes desaparecieron por incomparecencia del ahorcado. O quizá fue aquella foto de perfil mirando al mar desde un balcón en Galicia con apenas dieciséis años, aquélla que se perdió entre las páginas de un libro que no recuerdo... aquélla... en la que me vi y quise ser lo que veía, dejándome la cobardía y la vergüenza... quizá fue ella la que apretó el gatillo del revólver de fogueo en el disparo de salida.
Pero nadie nos informa en ventanilla del precio del pasaje, y yo casi siempre he estado en números rojos.
Dime si el silencio es igual que la mentira, dime que no he de callar aunque casi nadie soporte mirarle al otro en el centro de las tripas, dime que las heridas ajenas expuestas en el mercado no te alejan... las mías.
Que no debería, en un carnaval de trajes de otro, enseñarte sólo la mitad.
Quizá así pudiera olvidarme del insomnio.
Y es que ahora no sé ser de otra manera, y si recorres marcha atrás las palabras, las mías, las de voz y las de tinta, las que se me enredan borracho y las que repaso en ortografía y semántica y sudor... si las sigues, girando la memoria, me reconstruyes el alma a jirones.
Y yo quisiera ser perfecto y un poquito de magia si es lo que necesitas, pero, en realidad, ya ves, no soy más que el amasijo de hierros después de un accidente, retorcido en historias y fundido a tramos por el calor del fuego y la gasolina. He sido cobarde a ratos, y loco, y héroe, y a veces manejo una espada enorme en medio del combate y otras... otras no tengo más que un lápiz de carpintero sin afilar, que dibuja un estriptís de mi sangre en letra gorda por las noches, una mancha gris que se puede difuminar con la yema de los dedos.
Y no es suficiente.
Pero nadie nos informa en ventanilla del precio del pasaje, y yo casi siempre he estado en números rojos.
Dime si el silencio es igual que la mentira, dime que no he de callar aunque casi nadie soporte mirarle al otro en el centro de las tripas, dime que las heridas ajenas expuestas en el mercado no te alejan... las mías.
Que no debería, en un carnaval de trajes de otro, enseñarte sólo la mitad.
Quizá así pudiera olvidarme del insomnio.
Y es que ahora no sé ser de otra manera, y si recorres marcha atrás las palabras, las mías, las de voz y las de tinta, las que se me enredan borracho y las que repaso en ortografía y semántica y sudor... si las sigues, girando la memoria, me reconstruyes el alma a jirones.
Y yo quisiera ser perfecto y un poquito de magia si es lo que necesitas, pero, en realidad, ya ves, no soy más que el amasijo de hierros después de un accidente, retorcido en historias y fundido a tramos por el calor del fuego y la gasolina. He sido cobarde a ratos, y loco, y héroe, y a veces manejo una espada enorme en medio del combate y otras... otras no tengo más que un lápiz de carpintero sin afilar, que dibuja un estriptís de mi sangre en letra gorda por las noches, una mancha gris que se puede difuminar con la yema de los dedos.
Y no es suficiente.
tarde de autocópula mental a corazón abierto,
haciendo inventario,
con dos dedos en el cuello midiendo el pulso,
¿has tenido alguna?
evaluando el síndrome de abstinencia,
como si pudieras pesar la nostalgia del tacto
y medir la distancia
en centímetros de ventrículo contraído.
como si la velocidad de la sangre
calibrase la necesidad
o el olvido.
me dan miedo esas tardes
en que no sé qué escribirte y no soy un ser social si no de páginas,
porque tengo las manos ciegas
y no te veo.
pero
a veces derribas la puerta
cuando voy camino de la cocina a vendarme con cerveza,
y se activan los ojos,
y las dudas se las queda el cenicero,
y un techo de menos nos deja el cielo abierto.
y empiezas a dibujarte en papel
como si fueras de tinta.
Érase un doctor cum laude en espirales de preguntas
con tendencia al descosido,
y también un hilo deshilado de respuestas que no decir en voz alta,
y hasta una silla de ruedas para los sueños al borde de un bordillo,
y al otro lado de la acera
una fiesta de recuerdos de carne alrededor de tu ombligo.
Érase un tipo muy raro escribiendo poemas un sábado con el único objetivo
de sudarse la rabia por los poros de las teclas,
y tomar apuntes piel adentro en el pupitre del fondo de una clase magistral
de lo que es una tarde de mierda.
De mierda por el vacío,
la soledad,
y la consciencia
que a veces te da por curarme induciéndome un coma de ojos marrones,
de pelo suelto,
de un polvo de esos para quedarse.
Pero hoy no.
me jode esa pátina gris
que cubre el resto del mundo
desde que apareciste.
me jode el color de tus ojos
porque es la única parte
que no puedo desnudarte
con la yema de los dedos.
me jode tu hombro izquierdo porque,
anoche,
fue una cárcel de tacto caliente postergado y crónico,
de tesoro de carne y huesos
que masticar.
me jode este mercado ambulante
que se me lleva por delante a diario,
vendido al peso entrelíneas.
y sobre todo,
me jode que existas en otro lugar,
y yo con estas ganas de romperte
tocando
y sin tocar.
que cubre el resto del mundo
desde que apareciste.
me jode el color de tus ojos
porque es la única parte
que no puedo desnudarte
con la yema de los dedos.
me jode tu hombro izquierdo porque,
anoche,
fue una cárcel de tacto caliente postergado y crónico,
de tesoro de carne y huesos
que masticar.
me jode este mercado ambulante
que se me lleva por delante a diario,
vendido al peso entrelíneas.
y sobre todo,
me jode que existas en otro lugar,
y yo con estas ganas de romperte
tocando
y sin tocar.
necesito regalarle mi sed a los bordes de tu boca,
abandonarla
entre tus piernas de cristal,
como si fueras un vaso de cerveza helada.
que no me la devuelvas
abandonarla
entre tus piernas de cristal,
como si fueras un vaso de cerveza helada.
que no me la devuelvas
pero que no la rompas.
es el único modo de sobrevivir a esta vigilia
a la fuerza acomplejada de sueños sin sábanas,
con colchones descosiéndose en trenes,
en autobuses...
en todo lo muerto que sirve para alejarte.
necesito deshilar las telarañas de los dedos
para esconderme detrás de tus cortinas,
y beberte
a tragos largos de vagabundo.
regálame tus labios secos,
tu piel marcada,
los hospitales donde convalecen las noches que te abren las entrañas,
yo
les construyo un dormitorio para quedarse.
es el único modo de sobrevivir a esta vigilia
a la fuerza acomplejada de sueños sin sábanas,
con colchones descosiéndose en trenes,
en autobuses...
en todo lo muerto que sirve para alejarte.
necesito deshilar las telarañas de los dedos
para esconderme detrás de tus cortinas,
y beberte
a tragos largos de vagabundo.
regálame tus labios secos,
tu piel marcada,
los hospitales donde convalecen las noches que te abren las entrañas,
yo
les construyo un dormitorio para quedarse.
Y todos esos estúpidos
que nos cuentan que querer es ponerse de rodillas,
que la entrada al otro cuerpo sólo es genital,
feromonal,
y se olvidan de tu mente.
Y dicen que dos han de ser uno solo,
todo a base de caricias,
y rosas,
y cenas con velitas,
convencidos de que no necesitas ser.
Que creen que pensar en ti cada momento no sube también por la entrepierna,
sino por los corazones de tiza en la pared,
y nada más,
y no se acuerdan de follarte las esquinas imperfectas,
las sucias,
las manchadas,
las de los fantasmas que a veces me dejas ver,
y que son las que me excitan.
Todos esos idiotas
que ignoran que dejar de pensarte un instante
no es dejar de amarte con las tripas,
que se olvidan la violencia y fornican perfumado,
que se asustan
del sudor y se esconden
y lloran al primer no.
Todos los del amor dulce que se atragantan al primer trago amargo,
que imaginan tus pies ya platónicos
subiendo la escalera hacia el final,
cuando se te cae la miel,
y a mí más me gustas.
Todos los que usan vendas y tratan de curarte las heridas,
sin saber que vives ahí dentro,
que más les vale entornar una rendija y asomarse a ratos a mirar.
Que puedes sonreírme de veras
y también dejarme ver la carne abierta,
que no necesitas la amnesia.
Todos ellos deberían inmolarse
con una hoguera a sus pies
de libros de cenicienta.
A mí no te me escondas.
A ellos que les jodan.
que nos cuentan que querer es ponerse de rodillas,
que la entrada al otro cuerpo sólo es genital,
feromonal,
y se olvidan de tu mente.
Y dicen que dos han de ser uno solo,
todo a base de caricias,
y rosas,
y cenas con velitas,
convencidos de que no necesitas ser.
Que creen que pensar en ti cada momento no sube también por la entrepierna,
sino por los corazones de tiza en la pared,
y nada más,
y no se acuerdan de follarte las esquinas imperfectas,
las sucias,
las manchadas,
las de los fantasmas que a veces me dejas ver,
y que son las que me excitan.
Todos esos idiotas
que ignoran que dejar de pensarte un instante
no es dejar de amarte con las tripas,
que se olvidan la violencia y fornican perfumado,
que se asustan
del sudor y se esconden
y lloran al primer no.
Todos los del amor dulce que se atragantan al primer trago amargo,
que imaginan tus pies ya platónicos
subiendo la escalera hacia el final,
cuando se te cae la miel,
y a mí más me gustas.
Todos los que usan vendas y tratan de curarte las heridas,
sin saber que vives ahí dentro,
que más les vale entornar una rendija y asomarse a ratos a mirar.
Que puedes sonreírme de veras
y también dejarme ver la carne abierta,
que no necesitas la amnesia.
Todos ellos deberían inmolarse
con una hoguera a sus pies
de libros de cenicienta.
A mí no te me escondas.
A ellos que les jodan.
un par de cervezas para conciliar el insomnio,
por tenerte.
o para encontrar
el maldito hilo que me saque de tu laberinto.
¿qué esperabas?
se me han acabado los métodos esta noche.
sí,
lo jodido
es que me tiemblan los dedos con el alcohol
casi tanto como cuando alguien menciona tu nombre,
y ahora tengo que sujetar las letras,
ahora
mi caligrafía es de demente.
tengo celos de tu ropa,
ya ves,
dime si no estoy loco,
de tu sudor a gotas de agosto por la espalda,
de cada una de tus partes.
tengo celos de ti
por tenerte.
atrévete a arrancarme la garganta para que me calle,
usa un bisturí afilado con distancia,
hazme sangre,
desentiérrate de mí y escapa,
déjame dormir,
vivir,
follar.
si no quieres hacerlo
ahógame el aliento con tu boca,
te cambio por dos versos de bragueta
el sabor de tu sexo rasurado.
el sabor de tu sexo rasurado.
no practico el deseo cobarde,
si quieres estar
respírame dentro.
Ahora lo sé,
es la misma necesidad la que mueve mis dedos cuando escriben
que la que les lleva a buscar tu piel cuando estás cerca.
Es ese mismo impulso de colgarse de una hebra de tiempo,
de ser eterno,
de quedarse,
el que me ata a las palabras y a ti.
Y os une y os mezcla en un ataque de vanidad,
os desfigura y os reconstruye,
y disimula mi temblor de piernas cruzando el cañón sobre la cuerda,
con los brazos en cruz,
sin red,
con el vértigo crónico de tenerte a escondidas sobre el papel.
Y es ese ataque de egoísmo a arcadas el que detiene la guerra,
levantando actas a pie de frente,
redactando un listado de bajas con el mismo nombre,
desnudándote desnuda ya.
Son estos dedos que te quitan la ropa
los que suspenden los quince asaltos de mí contra el espejo
cada velada,
los que firman la tregua con las preguntas
justo antes de follarte.
No puedo decir que me arrepienta.
crema de masajes sabor frambuesa en la cocina
por si la vida,
cuatro paredes encaladas de resaca contra el suelo
y
por supuesto,
mucho más.
un par de latigazos,
claro,
entre la espalda y el pecho,
fieles a la cita,
y
desde luego,
un cincel de instantes golpeando en la memoria
y en el pelo,
y en los vasos,
y en las tripas,
y algo más...
esa forma de no marcharse
que se te sube a hombros
cuando te nacen raíces entre los dedos al caminar.
y dos besos a la tierra,
y encantado,
y seguiré tu rastro hasta el final.
y mientras tanto el olvido
bien jodido
en su rincón.
por si la vida,
cuatro paredes encaladas de resaca contra el suelo
y
por supuesto,
mucho más.
un par de latigazos,
claro,
entre la espalda y el pecho,
fieles a la cita,
y
desde luego,
un cincel de instantes golpeando en la memoria
y en el pelo,
y en los vasos,
y en las tripas,
y algo más...
esa forma de no marcharse
que se te sube a hombros
cuando te nacen raíces entre los dedos al caminar.
y dos besos a la tierra,
y encantado,
y seguiré tu rastro hasta el final.
y mientras tanto el olvido
bien jodido
en su rincón.
las muñecas abiertas
de par en par
con los restos del espejo,
que se joda la mala suerte.
las ramas desnudas,
las hojas
pudriéndose en el suelo del jardín junto a tu ropa
sin bailes de disfraces.
la verdad
colgando de los pezones como un péndulo
de miedos inconfesables.
nuestras bocas como instrumento
de par en par
con los restos del espejo,
que se joda la mala suerte.
las ramas desnudas,
las hojas
pudriéndose en el suelo del jardín junto a tu ropa
sin bailes de disfraces.
la verdad
colgando de los pezones como un péndulo
de miedos inconfesables.
nuestras bocas como instrumento
de penitencia,
y oración,
y absolución,
y condena.
las puertas entornadas
desquiciadas a golpes de pupila,
de segundos y seguido,
de palabras vivas a través de las gargantas
bebiendo saliva,
y no muertas boca arriba
en el papel.
el pasado conservado
y oración,
y absolución,
y condena.
las puertas entornadas
desquiciadas a golpes de pupila,
de segundos y seguido,
de palabras vivas a través de las gargantas
bebiendo saliva,
y no muertas boca arriba
en el papel.
el pasado conservado
en el depósito de cadáveres,
la sinceridad a puñaladas,
rompiendo los huesos,
si hace falta.
resumiendo...
Tú,
sin cuerpo.
la sinceridad a puñaladas,
rompiendo los huesos,
si hace falta.
resumiendo...
Tú,
sin cuerpo.
Y mis pies regresando de la muerte a través de las aceras, apoyados ahora sobre el brazo del sofá al extremo sur de un par de piernas exhaustas, unidos a ellas por tobillos agotados de articular huellas, o de perseguirlas. Mis piernas son demasiado delgadas, es uno de mis complejos, igual que los dedos de mis manos o la forma de mi cabeza. Ya lo ves, qué podría ofrecer un tipo acomplejado excepto miradas furtivas a los espejos, liberadas de narcisismo, eso sí, pero esclavas de reafirmación en la duda eterna acerca de lo que podría encontrar alguien de atractivo en este físico.
He caminado por la ciudad, mitad cargado de huída mitad de búsqueda. En general odio los tumultos, toda esa masa de carne que se mueve como un animal viscoso de cuerpo gigantesco, que lo inunda todo de su murmullo, que te aparta con el hombro si no le dejas pasar y extiende sus tentáculos por las calles y avenidas del centro. Me gustaría despertar un día como en aquella película de Amenábar, y ver que todos han desaparecido. No todos, claro, me quedo contigo. Imagina recorrer Madrid como un plató abandonado, como si el rodaje se hubiese tomado un descanso para la comida en lugar de digerirnos a nosotros.
Pero hoy era diferente, no me preguntes por qué. Cuando me he despertado no he visto tu nombre en la pared sino una niebla de soledad húmeda, como el sudor de mi espalda en este verano de calor absurdo, el que me empapa las sábanas sin recurrir al sexo ni al corazón en desbandada, como cuando tú estabas. Y esa soledad espesa me ha empañado el espejo del baño y he tenido que salir. Y en lugar de buscar los rincones que tú conoces, y volver a ocultarme a la sombra que no atraviesan los ojos de los demás, como por instinto, he buscado la compañía de desconocidos, he intentado seguir su ritmo, caminar sin ver, con las cuencas vacías de escenario.
Partía con ventaja, lo sé, me he dejado en la maleta del armario el miedo a cruzarme contigo, algo nos tenía que dar a cambio la distancia, ¿no crees? Y lo que ha ocurrido es que por un instante he dejado de odiarles, en lugar de vestirles de cuerpos sin alma, de seres inanimados que corretean a orillas del asfalto, que son devorados por las bocas abiertas del metro, o escupidos, como un bocado de sabor amargo... en lugar de eso, he sentido pena por ellos. Lo siento, ya hace tiempo que dejé los años de presumir de misántropo, pero no he abandonado nunca la sinceridad. Me han dado lástima, con sus corbatas a cuarenta grados, sus gafas de sol, sus bolsos cargados de tampones envueltos en color, sus negocios de esquina, sus tarjetas de parking... sus shorts dejándome ver la piel que tapiza el final de sus nalgas, sus ombligos... como si pudieran compararse a ti tumbada en la playa, o a la tela de tus bragas al levantarte el vestido nada más llegar a mi casa.
Modelos a escala de aprendiz de escultor, modelados de arcilla que se deforma con la primera lluvia, que se resquebraja al sol. A ninguna de ellas le quedan tan bien los vaqueros, a ninguno de ellos le han recortado a medida el echarte de menos.
Luego he vuelto a ser yo, pero un poco más cansado. Y he regresado con la firme intención de echar a patadas ese vapor terco, de abrir las ventanas, pasar el aspirador y llevarme al fin los restos de tu pelo que no he querido apartar del sillón, las cenizas de las páginas quemadas...
Lo que no he podido, sabes que nunca lo hago contigo, es arrancar los capítulos en blanco.
He caminado por la ciudad, mitad cargado de huída mitad de búsqueda. En general odio los tumultos, toda esa masa de carne que se mueve como un animal viscoso de cuerpo gigantesco, que lo inunda todo de su murmullo, que te aparta con el hombro si no le dejas pasar y extiende sus tentáculos por las calles y avenidas del centro. Me gustaría despertar un día como en aquella película de Amenábar, y ver que todos han desaparecido. No todos, claro, me quedo contigo. Imagina recorrer Madrid como un plató abandonado, como si el rodaje se hubiese tomado un descanso para la comida en lugar de digerirnos a nosotros.
Pero hoy era diferente, no me preguntes por qué. Cuando me he despertado no he visto tu nombre en la pared sino una niebla de soledad húmeda, como el sudor de mi espalda en este verano de calor absurdo, el que me empapa las sábanas sin recurrir al sexo ni al corazón en desbandada, como cuando tú estabas. Y esa soledad espesa me ha empañado el espejo del baño y he tenido que salir. Y en lugar de buscar los rincones que tú conoces, y volver a ocultarme a la sombra que no atraviesan los ojos de los demás, como por instinto, he buscado la compañía de desconocidos, he intentado seguir su ritmo, caminar sin ver, con las cuencas vacías de escenario.
Partía con ventaja, lo sé, me he dejado en la maleta del armario el miedo a cruzarme contigo, algo nos tenía que dar a cambio la distancia, ¿no crees? Y lo que ha ocurrido es que por un instante he dejado de odiarles, en lugar de vestirles de cuerpos sin alma, de seres inanimados que corretean a orillas del asfalto, que son devorados por las bocas abiertas del metro, o escupidos, como un bocado de sabor amargo... en lugar de eso, he sentido pena por ellos. Lo siento, ya hace tiempo que dejé los años de presumir de misántropo, pero no he abandonado nunca la sinceridad. Me han dado lástima, con sus corbatas a cuarenta grados, sus gafas de sol, sus bolsos cargados de tampones envueltos en color, sus negocios de esquina, sus tarjetas de parking... sus shorts dejándome ver la piel que tapiza el final de sus nalgas, sus ombligos... como si pudieran compararse a ti tumbada en la playa, o a la tela de tus bragas al levantarte el vestido nada más llegar a mi casa.
Modelos a escala de aprendiz de escultor, modelados de arcilla que se deforma con la primera lluvia, que se resquebraja al sol. A ninguna de ellas le quedan tan bien los vaqueros, a ninguno de ellos le han recortado a medida el echarte de menos.
Luego he vuelto a ser yo, pero un poco más cansado. Y he regresado con la firme intención de echar a patadas ese vapor terco, de abrir las ventanas, pasar el aspirador y llevarme al fin los restos de tu pelo que no he querido apartar del sillón, las cenizas de las páginas quemadas...
Lo que no he podido, sabes que nunca lo hago contigo, es arrancar los capítulos en blanco.
trato de leer un libro
en el que uno de los personajes
lleva tu nombre
y acabo tumbado durante horas
viendo capítulos repetidos
de una serie que caducó hace cien,
me quedo dormido
con él cerrado sobre el pecho.
y esta jodida tarde gris
ni siquiera empieza a llover.
me encanta su tacto,
me pregunto si tus páginas
son tan suaves como su piel,
si cuando te abres y me miras a los ojos
hueles a papel de novela.
son poco más de doscientas caras escritas,
doscientos diecinueve intentos.
en el que uno de los personajes
lleva tu nombre
y acabo tumbado durante horas
viendo capítulos repetidos
de una serie que caducó hace cien,
me quedo dormido
con él cerrado sobre el pecho.
y esta jodida tarde gris
ni siquiera empieza a llover.
me encanta su tacto,
me pregunto si tus páginas
son tan suaves como su piel,
si cuando te abres y me miras a los ojos
hueles a papel de novela.
son poco más de doscientas caras escritas,
doscientos diecinueve intentos.
Sentado en mitad de la mañana esperando que se posen las cenizas. Nos mienten, nos hablan de historias ocurridas no sé cuándo, no sé dónde, las escuchamos con un cigarrillo entre los dedos, con una cerveza tirada por la credulidad, pero nos sacan las espinas de todos los arbustos que cierran los caminos. No existen esos seres mitológicos, ni el amor de folletín sino el de sangre, la felicidad se vende en papelinas de medio gramo en la esquina de alguna entrepierna... ¿verdad? Y tienes que arar la tierra que cubre su cuerpo para sembrarte y crecer, y calcular con un dedo empapado en saliva de dónde viene el viento... Siempre improvisando... ¿verdad?
Preguntas... siempre las mismas. Cuando las calles muerden es mejor quedarse en casa, ¿o no? Quizá no. Lo mejor es echarle valor, o huevos... quizá. La mente no deja de girar y mis pensamientos son enfermos vagando por los pasillos del psiquiátrico, cada uno en su universo personal, algunos babean, otros gritan, uno de ellos lleva entre los brazos la cabeza decapitada de uno de esos unicornios, sin su cuerno, arrancado, gotea sangre por la boca y le tiñe la ropa, porque todos van de blanco. El muy cabrón me quiere asesinar los cuentos de hadas a base de descuartizar sus personajes y pasearlos desmembrados por los pasillos. Es un enfermo. Soy yo.
No me rindo. Me levanto al baño y tiro de la cadena sin usarlo, un ritual cualquiera, allá van, todos ellos, braceando desesperados en ese remolino de agua aromatizada por las pastillas azules pegadas en las paredes, directos a las cañerías, a pudrirse antes de que las ratas los devoren. Lo siento chicos, necesito paz, hoy sí. Me pregunto si dentro de tu mente también existirán pacientes amotinados esta mañana y siento la urgencia de follarte, así, con tu espalda contra esta pared marrón oscuro. Hacértelo desde dentro, desnudarte de verdad para tenerte. ¿Has llorado alguna vez durante un polvo? No por dolor, ni por placer, ni por duda... sólo por vida, porque todas las heridas abiertas supuren a la vez, y las cicatrices se hinchen y sean más rosadas y su piel más débil, sin que el dolor duela sino que alimente... Yo no.
Necesito hacértelo así hoy, es el único modo, la única dosis que nos aliviará de los falsos profetas que te devoran en el metro, en el autobús, de todos esos pares de ojos que odio.
La única forma de detener el miedo.
Por un instante.
Preguntas... siempre las mismas. Cuando las calles muerden es mejor quedarse en casa, ¿o no? Quizá no. Lo mejor es echarle valor, o huevos... quizá. La mente no deja de girar y mis pensamientos son enfermos vagando por los pasillos del psiquiátrico, cada uno en su universo personal, algunos babean, otros gritan, uno de ellos lleva entre los brazos la cabeza decapitada de uno de esos unicornios, sin su cuerno, arrancado, gotea sangre por la boca y le tiñe la ropa, porque todos van de blanco. El muy cabrón me quiere asesinar los cuentos de hadas a base de descuartizar sus personajes y pasearlos desmembrados por los pasillos. Es un enfermo. Soy yo.
No me rindo. Me levanto al baño y tiro de la cadena sin usarlo, un ritual cualquiera, allá van, todos ellos, braceando desesperados en ese remolino de agua aromatizada por las pastillas azules pegadas en las paredes, directos a las cañerías, a pudrirse antes de que las ratas los devoren. Lo siento chicos, necesito paz, hoy sí. Me pregunto si dentro de tu mente también existirán pacientes amotinados esta mañana y siento la urgencia de follarte, así, con tu espalda contra esta pared marrón oscuro. Hacértelo desde dentro, desnudarte de verdad para tenerte. ¿Has llorado alguna vez durante un polvo? No por dolor, ni por placer, ni por duda... sólo por vida, porque todas las heridas abiertas supuren a la vez, y las cicatrices se hinchen y sean más rosadas y su piel más débil, sin que el dolor duela sino que alimente... Yo no.
Necesito hacértelo así hoy, es el único modo, la única dosis que nos aliviará de los falsos profetas que te devoran en el metro, en el autobús, de todos esos pares de ojos que odio.
La única forma de detener el miedo.
Por un instante.
Siempre le fascinó la quietud de la ciudad en las tardes de verano. Era un animal vencido por la pereza, suspendiendo los latidos hasta reducir la circulación a un puñado de coches, casi inaudibles, que se movían a través del calor seco de Madrid como si atravesaran una niebla espesa y transparente. Durante esos días las calles olvidaban su paranoia para quedarse dormidas.
Era entonces cuando los árboles daban más sombra en los bancos de los parques, cuando todo parecía detenerse a la espera del regreso de los fugitivos, cuando estaba a su merced. Caminar entre edificios abandonados le hacía sentir como el último superviviente, apreciaba el más mínimo detalle oculto, desde poco antes del otoño, dentro de ese embudo de locura colectiva en busca del tiempo perdido. Perdón Proust. Era entonces cuando la ciudad le enseñaba la soledad que se ocultaba el resto del año entre pasos apresurados, disimulando, como si millones de personas en las aceras le hubiesen rodeado con la ilusión de la compañía.
Una de aquellas tardes, mientras bebía a tragos largos de alivio una jarra congelada de cerveza en una de las terrazas vacías de Santa Ana, se preguntó de dónde le nacía la adoración por esta especie de desierto gris cubierto de asfalto, por los andenes vacíos, por el olor a pasillo de metro abandonado. Recordó de dónde venía, dónde había aprendido que las tardes de agosto abrasaban los pies del centro de este país, a medio camino de la nada, tan alejado del mar como de la Luna. Recordó su pueblo de color amarillo, en el que la vida se vivía antes de mediodía y después sólo quedaba la letanía repetida de las chicharras. Recordó el hastío del prohibido salir, del cerrado por vacaciones hasta el uno de septiembre, del silencio entre los libros para escapar. Se había acostumbrado a detener los minutos a cuarenta grados, igual que esos buceadores a pulmón capaces de ralentizar el corazón antes de sumergirse. Se había convertido en un ciclo vital necesario de inmovilidad.
Quizá fuera eso. Madrid atestado, hirviendo, hubiese sido un insulto, una agresión directa al mentón de su pasado. El mismo pasado del que había tenido que alejarse, cansado de las emboscadas que le tendían todos esos lugares en los que te aparecías, esos en los que aún, si se fijaba, te podía ver sentada esperando tu caña, o inclinada sobre un libro, o caminando bajo la sombra de algún castaño mientras te girabas sonriendo porque él era demasiado lento, siempre mirando hacia arriba.
Sí, todo se reducía a eso, a la huída sin querer soltar el hilo del todo.
La distancia geográfica como bote salvavidas, como dedos presionando las heridas abiertas por tu sombra en los rincones. El miedo a encontrarte sin que estuvieras, a la terca persistencia de tus huellas.
Una jarra vacía, otra más... Sí, le fascinaba la ausencia de la ciudad en las tardes de verano.
Era entonces cuando los árboles daban más sombra en los bancos de los parques, cuando todo parecía detenerse a la espera del regreso de los fugitivos, cuando estaba a su merced. Caminar entre edificios abandonados le hacía sentir como el último superviviente, apreciaba el más mínimo detalle oculto, desde poco antes del otoño, dentro de ese embudo de locura colectiva en busca del tiempo perdido. Perdón Proust. Era entonces cuando la ciudad le enseñaba la soledad que se ocultaba el resto del año entre pasos apresurados, disimulando, como si millones de personas en las aceras le hubiesen rodeado con la ilusión de la compañía.
Una de aquellas tardes, mientras bebía a tragos largos de alivio una jarra congelada de cerveza en una de las terrazas vacías de Santa Ana, se preguntó de dónde le nacía la adoración por esta especie de desierto gris cubierto de asfalto, por los andenes vacíos, por el olor a pasillo de metro abandonado. Recordó de dónde venía, dónde había aprendido que las tardes de agosto abrasaban los pies del centro de este país, a medio camino de la nada, tan alejado del mar como de la Luna. Recordó su pueblo de color amarillo, en el que la vida se vivía antes de mediodía y después sólo quedaba la letanía repetida de las chicharras. Recordó el hastío del prohibido salir, del cerrado por vacaciones hasta el uno de septiembre, del silencio entre los libros para escapar. Se había acostumbrado a detener los minutos a cuarenta grados, igual que esos buceadores a pulmón capaces de ralentizar el corazón antes de sumergirse. Se había convertido en un ciclo vital necesario de inmovilidad.
Quizá fuera eso. Madrid atestado, hirviendo, hubiese sido un insulto, una agresión directa al mentón de su pasado. El mismo pasado del que había tenido que alejarse, cansado de las emboscadas que le tendían todos esos lugares en los que te aparecías, esos en los que aún, si se fijaba, te podía ver sentada esperando tu caña, o inclinada sobre un libro, o caminando bajo la sombra de algún castaño mientras te girabas sonriendo porque él era demasiado lento, siempre mirando hacia arriba.
Sí, todo se reducía a eso, a la huída sin querer soltar el hilo del todo.
La distancia geográfica como bote salvavidas, como dedos presionando las heridas abiertas por tu sombra en los rincones. El miedo a encontrarte sin que estuvieras, a la terca persistencia de tus huellas.
Una jarra vacía, otra más... Sí, le fascinaba la ausencia de la ciudad en las tardes de verano.
mordiscos de soledad despierta,
colmillos llegando al hueso,
farolas sin luz como sastres de la oscuridad
y del silencio de las aceras.
sí,
esta noche me salen las metáforas,
pero convalecientes,
enfermas...
sin ojos.
voy a dejarlas morirse hasta nueva orden,
que se pudran en sus nichos infestados de gusanos,
que las mastiquen,
que ya no sean más.
nunca.
por ahora.
asesinaré los textos que no se acuerden de tu sexo rasurado,
de tu boca,
tus caderas,
los que no me sirvan más que de cama vacía
y no pueda usar para follarte
a hemorragias de adjetivos y respuestas.
las tres de la madrugada,
y ya no dudo entre necesitarte y avanzar hacia la guerra,
o poder dormir.
sigo maquillándome las ojeras.
colmillos llegando al hueso,
farolas sin luz como sastres de la oscuridad
y del silencio de las aceras.
sí,
esta noche me salen las metáforas,
pero convalecientes,
enfermas...
sin ojos.
voy a dejarlas morirse hasta nueva orden,
que se pudran en sus nichos infestados de gusanos,
que las mastiquen,
que ya no sean más.
nunca.
por ahora.
asesinaré los textos que no se acuerden de tu sexo rasurado,
de tu boca,
tus caderas,
los que no me sirvan más que de cama vacía
y no pueda usar para follarte
a hemorragias de adjetivos y respuestas.
las tres de la madrugada,
y ya no dudo entre necesitarte y avanzar hacia la guerra,
o poder dormir.
sigo maquillándome las ojeras.
Lo peor no es la sensación de tener la carne expuesta, de que un soplo cualquiera de aire saliendo de su boca pueda doler, y duela. Ya me he acostumbrado al dolor. Lo peor es la impotencia al mirarse al espejo, y ese aroma ligero a todo o nada que sale de la cocina. Lo peor son tus cartas sobre la mesa, y el humo que flota en la habitación cuando todos se han marchado, cuando ha terminado la partida y te has quedado desnudo... las ganas de que no sea verdad... de seguir jugando.
Lo peor es tu reflejo sabiendo que no eres suficiente, es la certeza de lo que no puedes ofrecer y de lo que estás dispuesto a pagar.
Por eso siempre acabo vagando sobre calles vacías cargado de monedas, buscando un vendedor de historias sin tragedia general, con algún abrazo y polvos bajo la luna, y ropa encima de la mesilla y un hueco en los cajones para la cobardía, y, de vez en cuando, un te necesito descalzo.
Y sin embargo no las puedo comprar, ninguna me vale si no puedo dormirme sobre tu ombligo.
Lo peor es tu reflejo sabiendo que no eres suficiente, es la certeza de lo que no puedes ofrecer y de lo que estás dispuesto a pagar.
Por eso siempre acabo vagando sobre calles vacías cargado de monedas, buscando un vendedor de historias sin tragedia general, con algún abrazo y polvos bajo la luna, y ropa encima de la mesilla y un hueco en los cajones para la cobardía, y, de vez en cuando, un te necesito descalzo.
Y sin embargo no las puedo comprar, ninguna me vale si no puedo dormirme sobre tu ombligo.
A veces simplemente lloras, por nada, o por todo, ¿quién sabe? Quiero decir sin un solo motivo pero con toda la razón. Te tumbas mirando el armario del fondo de la habitación y todo está en silencio. Y mientras otros duermen tú no respiras oxígeno sino pena y, claro, no puedes dejar de respirar, y cada trago de aire es un poco más pesado, y por algún sitio se te tiene que escapar, que no sabe estar encerrado.
Así que salen en silencio y de la mano, como buenos compañeros de parvulario, una tarde en la que vuelves a ponerte el pañal. Todos están ahí, los sueños rotos, las canciones, aquellos perros que se marcharon mientras los sujetabas, como si pudieras robarles el miedo, una lata de coca-cola, los poemas...
Se turnan para salir.
Un balón de reglamento blanco y rojo, un ajedrez de piezas de madera y un tablero cubierto de cristal. La persona que te enseñó a jugar y a hacer trampas, y aquel viaje y aquella niebla, y el tequila, y las bragas que llegaste a bajar, charlando con las que nunca se desnudaron las noches del piso de Alonso Cano.
Quieres parar pero no puedes.
Te levantas al baño y metes la cabeza en agua fría como si necesitaras despertar, y en el espejo está tu primer paciente que ya no tiene cara, y una noche en vela que nunca se te ha olvidado. En las manos tienes letras y halagos, y por más que te enjabonas no se marchan, son gusanos entre los dedos, los sacudes... y luego les dejas en paz.
Cuando vuelves a tumbarte se acuestan contigo todos esos que siempre están, y tú sin dejar de defraudarlos. Y los que tuvieron la decencia de marcharse, o la ocurrencia de morirse un día, así, sin darte tiempo a pensar, llevándosete pedazos. Tienes heridas en los brazos y en los hombros que susurran historias, y tatuajes, y lunares que no son tantos si no es ella la que los cuenta, y venas hinchadas de latir. Y un techo blanco con esquinas, y barro en el jardín y hielo cubriendo las aceras que te llevaban al colegio... y está aquí, en pleno julio.
Y también hay vacíos y mañanas y el mes que viene, quirófanos, barcos, carreteras...
Y tú sin saber quién eres con todas las piezas del puzzle supurando.
Así que salen en silencio y de la mano, como buenos compañeros de parvulario, una tarde en la que vuelves a ponerte el pañal. Todos están ahí, los sueños rotos, las canciones, aquellos perros que se marcharon mientras los sujetabas, como si pudieras robarles el miedo, una lata de coca-cola, los poemas...
Se turnan para salir.
Un balón de reglamento blanco y rojo, un ajedrez de piezas de madera y un tablero cubierto de cristal. La persona que te enseñó a jugar y a hacer trampas, y aquel viaje y aquella niebla, y el tequila, y las bragas que llegaste a bajar, charlando con las que nunca se desnudaron las noches del piso de Alonso Cano.
Quieres parar pero no puedes.
Te levantas al baño y metes la cabeza en agua fría como si necesitaras despertar, y en el espejo está tu primer paciente que ya no tiene cara, y una noche en vela que nunca se te ha olvidado. En las manos tienes letras y halagos, y por más que te enjabonas no se marchan, son gusanos entre los dedos, los sacudes... y luego les dejas en paz.
Cuando vuelves a tumbarte se acuestan contigo todos esos que siempre están, y tú sin dejar de defraudarlos. Y los que tuvieron la decencia de marcharse, o la ocurrencia de morirse un día, así, sin darte tiempo a pensar, llevándosete pedazos. Tienes heridas en los brazos y en los hombros que susurran historias, y tatuajes, y lunares que no son tantos si no es ella la que los cuenta, y venas hinchadas de latir. Y un techo blanco con esquinas, y barro en el jardín y hielo cubriendo las aceras que te llevaban al colegio... y está aquí, en pleno julio.
Y también hay vacíos y mañanas y el mes que viene, quirófanos, barcos, carreteras...
Y tú sin saber quién eres con todas las piezas del puzzle supurando.
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