lunes, 7 de octubre de 2013 0 comentarios

Dos palabras...

   ¿Recuerdas la primera vez que viste el mar? Yo sí la recuerdo. En realidad no era la primera vez que estaba frente a él, ni siquiera estaba cerca, y ya había conocido sus olas y su espuma tiempo atrás, pero era tan niño que se me había perdido en la memoria... o quizá fuese que no había prestado la atención suficiente, como a algo que te hace sentir bien cuando está cerca sin que te pares a mirarlo a los ojos. La primera vez que fui consciente de su presencia aún se extendía entre nosotros una carretera y un campo casi desierto, pero allí estaba. Apareció de la nada ocupándolo todo, un cielo azul oscuro plantado justo bajo el cielo claro. También tengo guardado acá dentro la eternidad que representaba, inmutable, recorrido con suavidad por olas diminutas que rompían sin espuma. Más tarde aprendería que puede enfurecer, que puede oscurecerse hasta llegar a negro, que puede tragársenos a ti y a mí sin masticarnos... eso fue más tarde. Una sensación de aplastamiento me invadía tras la ventanilla del coche, de extrema pequeñez, de miedo... de atracción irremediable, de imposibilidad de apartar la mirada. Han pasado demasiados años ya desde aquel día, no soy el mismo tipo, ahora tengo cicatrices, la piel ha envejecido. A la eternidad de aquel horizonte plano se ha sumado la certeza de un más allá, de una fuga de esta cárcel en que se convierte la tierra firme cuando pisas la orilla, la promesa de una huída posible, de un Nuevo Mundo sin carabelas ni marineros hambrientos encaramados a su mástil... Siempre más allá de allá donde alcanza la vista, siempre plantado con la mirada perdida.

   Recuerdo la primera vez que fui consciente de tu superficie, de que habías aparecido de la nada ocupándolo todo. Ni siquiera estabas cerca, aún nos separaba una carretera y un campo casi desierto... ya conocía tus olas rompiendo sin espuma poco tiempo atrás. Fueron dos palabras, sencillas, sin adornos, convirtiendo una cordillera de años en un horizonte plano de atracción irremediable, de imposibilidad de apartar la mirada... de un hilo de miedo. La certeza de un más allá sin necesidad de huída. Dos palabras, tres puntos no finales desde entonces. Eso te llevaste al marcharte... sólo eso... todo eso...
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viernes, 4 de octubre de 2013 0 comentarios

Puntos suspensivos

   En las noches de insomnio resucitas,
me invades desde dentro completamente desnuda.
Siento tus pies descalzos subiendo por mi tripa.
Te sientas en mi garganta, juegas con mi aliento...
me asfixias con tus manos, me estrangulas la vida.
Eres feliz resucitando,
en medio de la oscuridad pisas la tierra quemada,
el desierto calcinado que dejaste en mis entrañas.
Y yo me ahogo en tu piel que es amarga porque no es mía,
y siento náuseas de tus ojos porque ya no me miran.
Y me mareo y grito y te arranco una mentira,
y cae a tus pies amontonada,
porque cada paso en la noche, cada llegada, te descubro.
Visto de falsedad tu cuerpo desnudo,
te escupo las promesas incumplidas... y te odio.
¿Qué ganaste jodiéndome la vida?
¿Qué placer enfermo te causaba la mentira?
Siempre cobarde,
me mirabas desde lejos perdida... y luego...
luego entras en mi cama como si nada,
te atreves a robarme el sueño, me obligas
a verte en cada rincón del techo.
Y yo me siento sobre las sábanas a herirte,
escribo hasta que ya no queda nada,
me vengo de tu imagen y te extraño...
porque te extraño.
Porque ya no importa terminar esto con puntos suspensivos,
porque me conoces, porque ya lo sabes...
porque un mensaje de rencor en una botella es otra cosa,
porque entre líneas se lee mejor,
porque es otoño y espero, porque ya llueve...
Porque lo sabes...

domingo, 29 de septiembre de 2013 0 comentarios

Blanco

   Anoche soñé que te morías. Alguien que no recuerdo, alguien que no conozco, me comunicaba con ojos grises la noticia. Entre balbuceos me pedía que fuera a ver tu cadáver, y yo, cargado de orgullo y de vacío, asentía con la cabeza. En mitad de un sueño se puede volar al encuentro de un cuerpo frío, y así volé yo en un segundo hasta tu cama. Y estabas vestida de blanco, con los ojos cerrados mirando al techo... y no había nadie más. Yo buscaba la muerte en tu piel, y tu piel estaba pálida pero no estaba muerta. Y me acercaba a sentir tu aliento pero no lo encontraba, se escapaba por algún recodo de tu cuerpo sobre las sábanas. Buscaba calor y miraba por la ventana... una ventana en una habitación sin puerta, de paredes blancas, muy blancas... y se veía un cielo blanco... muy blanco. Llevabas puesta una corona de hojas alrededor de la frente. Yo sonreía porque seguro que bromeabas, pero me acercaba a sentir tu aliento y no lo encontraba. Oí caer el orgullo a un lado y al otro una lágrima... y el vacío se quedaba.
 
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