martes, 10 de diciembre de 2013 0 comentarios

Una peli de James Dean

Aquella noche olías a libro recién abierto,
a páginas separadas por primera vez.
A historia, a relato, a cuento.

Te leí con la yema de los dedos
te aprendí cada párrafo.
Me bebí la letra escondida en cada curva,
en cada esquina de tus piernas,
de tus labios a tus pies.

Tú eras un contrato de préstamo con usura,
el final de una barra sucia de cerveza con interés.
Yo el tipo que bebe dos horas antes de vivir.

Aquella noche olías a victoria,
yo a una peli de James Dean.






viernes, 6 de diciembre de 2013 0 comentarios

Hopper


    Un cuadro de Hopper colgado en la pared recién pintada. Dentro de él nos asomamos a través de una puerta abierta, en la habitación sin ventanas una mujer semidesnuda se encorva sobre un papel desdoblado que apoya en su rodilla. Está sentada al borde de la cama, no sabemos si la habitación es suya o lo ha sido, maletas en el suelo y un vestido abandonado en el brazo de un sillón verde. Podemos espiar sin miedo, podemos preguntar sin miedo, no girará su cabeza, no nos descubrirá asomados desde el otro lado del lienzo. La soledad son preguntas y maletas, ropa desperdigada y habitaciones provisionales.

   Observaba el cuadro desde la cama, con las manos cruzadas detrás de su cabeza. Era media mañana y el sol entraba a raudales a través de las cortinas, desbocado después de una semana de lluvia terca. Lo había colgado dos días antes, ignoraba la razón y, desde luego, no le importaba. Sintió el roce de unos pies desnudos bajo las sábanas y la miró.  Ella inhaló esa bocanada de aire salvador que nos despierta después de los sueños profundos, se acercó a él y le besó el pecho.
- ¿Por qué crees que está tan triste?
-¿Quién? - Ella preguntó casi sin voz, despierta a medias, con el cuerpo aún dolorido.
- Esa chica. Fíjate, está mirando un papel en blanco, al menos nosotros lo vemos así, vacío. Quizá quiera escribirle algo a alguien.
- Joder, ¿qué más da? - Deslizó la mano entre sus piernas, se sentía más despierta buscando despertar algo más en él, siempre lo conseguía con facilidad. Y qué coño, le gustaba hacerlo por la mañana.
- Para. Mírala. No sabemos si es de día o de noche, si se marcha o acaba de llegar, si está en casa o en una pensión de mierda. No sabemos quién es, sólo que se sienta a mirar un papel en blanco en una habitación minúscula y que está triste.
- ¿Y cómo sabes que lo está? Yo conozco un remedio para eso, podría enseñárselo ahora mismo... - La frase se perdió en sus labios a medida que los iba acercando al cuello de él. Una sonrisa de satisfacción y de conquista cuando notó que el trabajo entre sus piernas comenzaba a dar fruto. En cuanto sintió su sexo crecer, él deslizó la mano hacia la de ella y la sujetó con fuerza llevándose ambas soldadas hasta el pecho.
- He dicho que pares... Yo creo que acaba de llegar, ¿sabes? Creo que ha llegado a ese lugar buscando a alguien y que va a escribirle, pero que tiene tantas cosas que decir que no puede empezar, por eso se pone triste... O quizá no, quizá lo que ocurre es que se marcha, que cogerá un tren a la mañana siguiente y ha dejado preparados el vestido, el sombrero y los zapatos para poder dormir un rato más. Quiere despedirse, quiere hacerlo sin dolor, pero tampoco puede, y por eso se pone triste...
- Estás hablando demasiado... no quiero hablar precisamente. - Se inclinó hacia él y le besó en los labios, lo acercó hacia ella sujetando su cabeza con la mano libre. Sus lenguas se rozaron un instante y ella sintió la sangre ascendiendo por todo su cuerpo, el corazón acelerado, el deseo... sabía cómo alimentarlo. Pasó una pierna por encima de las de él y volvió a sentir el orgullo de la victoria. Necesitaba tener aquello dentro ya.
- Espera. - Él se separó un poco y la miró a los ojos. Eran enormes, eso era lo que le había llamado la atención en cuanto se la presentaron. Creyó ver algo allá escondido. Luego la conversación se fue animando por el alcohol, hablaron de sus trabajos, de un par de amigos comunes y de unos cuantos enemigos compartidos. Pero fue aquel pozo de preguntas que escondía en la mirada lo que le atrajo. - Sé que está triste por sus hombros, porque se sienta en una cama y porque apenas le vemos los ojos escondidos en la sombra. Sé que está triste porque nadie se rodea de maletas en una habitación sin estarlo, porque si llegas has dejado algo atrás y si te marchas vas a dejarlo. Quizá el papel no esté en blanco, quizá Hopper lo dejó así para que nosotros lo llenásemos, quizá es una carta de despedida, quizá es una carta de confesión... No hay pluma ni tinta, si está en blanco de verdad, ¿cómo coño va ella a escribir? Sé que está triste porque está sola y, no te engañes, los vendedores de humo de la psicología te enseñarán que todo depende de nosotros, que hemos de ser fuertes sin contar con nadie, que podemos hacerlo... pero es mentira, estar solo es estar triste, y ella lo está.
- Pero tú no, y quiero que me folles ahora mismo. - Se colocó sobre él despacio y recibió su sexo con un gemido. Calor, piel, sudor, deseo, placer... el diccionario debería incluirlas como sinónimo de fusión. Las manos de ella sobre la pared, casi derribándola en un orgasmo. Las manos de él rompiendo sus caderas mientras se deshace.

   Desnudos y sin sábanas, dos estatuas recuperan el aliento.
- Eres un tipo muy raro, joder... ¿Quién carajo es Hopper?
- Un mirón.
- Entonces es un enfermo, podría vivir un poquito. Los mirones me dan asco.
- Era.

   Se levantó y se asomó a la ventana. Afuera la vida seguía detrás de otros muros. Vio a una mujer preparando la comida en la cocina, un chaval de unos quince años colocaba el edredón precipitadamente al otro lado de unos cristales, un tipo que vivía solo se dedicaba a recortar unos setos de ángulos rectos enfermizamente trazados. Su voz sonó a mujer semidesnuda sentada en el borde de la cama.
- Márchate, no quiero volver a verte.

miércoles, 4 de diciembre de 2013 0 comentarios

Camino de casa

   El frío vacía las calles en cuanto oscurece. Es el mejor momento para caminar, todos los sonidos se comprenden mejor en el silencio. Caminaba ligeramente encorvado, encogido sobre sí mismo, tratando de meterse entero en cada bolsillo. El cemento manchado de la acera se dejaba ver a pedazos, casi cubierto por completo por una capa de hojas ocres y amarillas recién caídas. El viento había cesado hacía rato y, en su visita, había transformado la calle vacía en la vereda de un jardín oculto que se asomaba bajo el asfalto. Se preguntó qué parte de sí mismo estaba también oculta, qué raíces había enterrado durante todos estos años, qué fragmentos de piel se rompían al llegar el frío dejándolas asomarse, sólo un momento, insinuarse como la curva de unas caderas bajo las sábanas. El eco de sus pasos golpeaba las fachadas, se colaba en los portales a oscuras, en los escalones que ascendían hacia la penumbra para llegar a una puerta cerrada. A través de los ventanales se derramaba la luz anaranjada de las últimas noches del otoño, sentía que si se estiraba lo suficiente, quizá si alzase una mano, podría notar el calor de aquellas casas al mismo tiempo que su luz la iluminara. Pero allí fuera sólo existía el frío, le gustaría saber quién se refugiaba bajo aquella manta de hojas muertas. Hay momentos en que puedes hacer una radiografía de ti mismo, virar tus ojos más allá de tus músculos, de tu sangre, llegar a las vísceras que se guardan celosas todo lo que eres. Pero, ¿quién era? Mirarse en el espejo duele cuando tienes la respuesta a tus propias preguntas. 

   Recorría la ciudad sin rumbo, como se recorren las ciudades, a ratos girando en cada esquina, a ratos siempre recto. Ni una sola nube, ni una sola estrella. Recordó aquel noviembre en que la electricidad desapareció durante unos minutos, cuando entendió lo que era la noche bañada de blanco, cuando se asomó a la parte trasera de la casa para descubrir que algunas luces pueden tapar otras, más débiles, más puras. Ahora, las farolas encendidas le rodeaban de sombras de sí mismo que lo acompañaban, la más oscura se giró al mismo tiempo que él y le clavó su mirada. Cuanto más potente es el foco que nos ilumina, más negra es la sombra detrás de nosotros. Creyó que iba a decirle algo, a reprocharle el paseo cuando lo sensato era taparse bajo una manta a ver la televisión, escuchar a su propio sueño de una maldita vez, arrojarse a la lona… pero estaba muda. Las siluetas oscuras de uno mismo no tienen cuerdas vocales, si no acabarían por volvernos locos con tanta verborrea.

   Debía de llevar andando mucho tiempo, las piernas comenzaban a dolerle cuando se sentó en el banco de hierro forjado en medio del parque. Respiró profundamente aunque no le faltaba el aliento, era una costumbre adquirida que, en su mente, cargaba de misticismo el pensamiento que le estuviera martilleando en ese momento, una especie de subrayado con el que marcaba algunos puntos de su razonamiento que no quería olvidar. Con los sentimientos le ocurría lo mismo, pero ellos eran más tercos, no necesitaban que nadie los destacase para mantenerse ahí, como películas en la estantería que a veces quieres ver y a veces no, pero no puedes olvidarte de su presencia. Lo sabía, pero los seguía inspirando y expirando con fuerza. Se había sentado en aquel mismo lugar una vez, hacía algunos meses, un día en que habló solo, un día de sol tibio a la hora de la comida, un día en que todo había cambiado. Creyó verse a sí mismo jugando al otro lado del castaño que tenía delante, siendo niño, tal y como había sucedido en el sueño que le contaste cuando aún le decías que le soñabas. Ésta vez estaba solo, no a tu lado como aquella noche, y sabía el significado de aquel crío corriendo alrededor del árbol, que llegaba a rozar los alibustres que hacían de barrera con lo que no era parque, para retroceder enseguida. Sabía que jamás podría salir de aquel espacio encerrado entre edificios, que permanecería allí, inocente, perdido entre juegos de espadas que son ramas, de árboles que son enemigos. Aquella tarde, a la hora de la comida, con algo menos de treinta y seis años, hablando solo, se dejó la niñez encarcelada. Se miró por dentro, viró sus ojos hasta sus vísceras celosas de secretos, y no le gustó lo que guardaban. Deberían formar a los cirujanos para extirpar algunas tardes de sol tibio. Contempló al niño hasta que comenzó a temblar de frío. 


   Cuando se levantó, le hizo un gesto de despedida con la mano a su pedazo perdido y el otro se lo devolvió con una sonrisa. Parecía simpático, quizá volviera alguna vez a visitarlo, por si necesitaba algo. Volvió a meter las manos en los bolsillos, como si intentase refugiarse entero en ellos, y se perdió por la calles envuelto en la niebla que ya descendía… camino de casa.
 
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