Lo malo de esta noche es que no he podido encontrar a nadie que se parezca a ti.
Lo peor de esta noche es que caminaba por la calle y mi sombra no era mía, si no que tenía tu forma.
Era extraño ver esa figura gris caminando a mi lado tumbada sobre el suelo, con tus pechos, tu cintura, tus brazos moviéndose al mismo ritmo que los míos. He pensado que, quizá, si cualquier luz te iluminase en ese preciso momento, podrían surgir de las suelas de tus zapatos las mías en negativo, que quizá pudiera ser mi sombra la que te persigue mientras caminas las calles de Madrid, y que si mirases hacia abajo podrías verme sin facciones pero contigo.
Desde luego no tendría carne para tocarte, ni podría evitar que la gente que se cruzara contigo me pisoteara, incluso si alguien caminase a tu lado, estaría aplastando en ese momento mi pecho en su versión sin luz. Y he notado una especie de presión en los pulmones que no me dejaba respirar. Por eso mis amigos han pensado que volvía a estar un poco loco cuando me he separado dos metros de ellos. Te necesito respirando.
Necesito escapar de todas estas noches
en las que no dejo de preguntarme qué hago aquí,
y no allí,
a no sé cuántos kilómetros de indiferencia
que has extendido como una alfombra roja cosida de silencios.
Necesito escapar de todas estas noches
en las que me siento amputado de otro cuerpo
que es el tuyo.
No hago más que abrirme una cerveza,
encender un cigarrillo,
mirar a las esquinas del techo,
alternándolas,
como tú hacías con besos y calambres.
Me has convertido en adicto al masoquismo donde más duele...
fuera de la cama.
En lugar de conducir y plantarme ante tu pared
para sujetarte las muñecas,
tiemblo escondido en el hueco que me dejas en este sillón,
preguntándome dónde coño estás,
si te seguirá dando miedo dormir con la puerta abierta
o la tienes de par en par para cualquiera.
Eso es lo que somos,
el tipo que se queda asustado en la trinchera
cuando lo que necesita es hacer la guerra contigo.
No hay héroes cuando en lugar del cuerpo te juegas el alma,
cuando lo que quiero es arroparme en tus costillas
y no en esta soledad que llega temprano sin ser invitada.
Necesito escapar de todas estas noches
en que me hablas desde dentro
en un idioma que antes comprendía,
y que ahora me suena a dardo envenenado en el cuello,
a piel enrojecida,
a cirugía de carnicero arrancando vísceras de recuerdo.
Cuando consigo estar borracho subo a tumbos la escalera,
y me sale tu nombre contra la almohada
metido en la cáscara triste en la que lo incubo hasta la mañana.
en las que no dejo de preguntarme qué hago aquí,
y no allí,
a no sé cuántos kilómetros de indiferencia
que has extendido como una alfombra roja cosida de silencios.
Necesito escapar de todas estas noches
en las que me siento amputado de otro cuerpo
que es el tuyo.
No hago más que abrirme una cerveza,
encender un cigarrillo,
mirar a las esquinas del techo,
alternándolas,
como tú hacías con besos y calambres.
Me has convertido en adicto al masoquismo donde más duele...
fuera de la cama.
En lugar de conducir y plantarme ante tu pared
para sujetarte las muñecas,
tiemblo escondido en el hueco que me dejas en este sillón,
preguntándome dónde coño estás,
si te seguirá dando miedo dormir con la puerta abierta
o la tienes de par en par para cualquiera.
Eso es lo que somos,
el tipo que se queda asustado en la trinchera
cuando lo que necesita es hacer la guerra contigo.
No hay héroes cuando en lugar del cuerpo te juegas el alma,
cuando lo que quiero es arroparme en tus costillas
y no en esta soledad que llega temprano sin ser invitada.
Necesito escapar de todas estas noches
en que me hablas desde dentro
en un idioma que antes comprendía,
y que ahora me suena a dardo envenenado en el cuello,
a piel enrojecida,
a cirugía de carnicero arrancando vísceras de recuerdo.
Cuando consigo estar borracho subo a tumbos la escalera,
y me sale tu nombre contra la almohada
metido en la cáscara triste en la que lo incubo hasta la mañana.
Fue un intento de suicidio preventivo.
Te lo propuse metido en la bañera, mirando el espejo empañado por el vapor que se desprendía del agua, tan caliente como me había dado por imaginarte.
Junto a mí, sobre la taza, estaba colocado todo lo necesario... un cuaderno nuevo de tapas negras y páginas en blanco recién afiladas para cortarme las venas, y el viejo bic cristal para sangrar como dios manda.
Marqué tu número en aquella posición indecente, ensayando cómo despedirme de ti y de nosotros, imaginando el momento con el sufrimiento previo del que nunca ha aprendido a ganar, dándote un solo beso en la mejilla y mirándote mientras te alejas... admirándote por última vez en ese colosal movimiento de caderas diciéndome adiós.
Pero un giro absurdo, un ataque de suicidio preventivo, como el mío pero al revés, te llevó a decir sí. Y nunca habías sabido, hasta hoy, lo cerca que estuve de morirme por ti en una hemorragia de palabras tristes, desnudo bajo el agua caliente para que doliera menos.
Cuando colgué el teléfono estaba tan excitado que tendrás que perdonar que me tocara.
Te lo propuse metido en la bañera, mirando el espejo empañado por el vapor que se desprendía del agua, tan caliente como me había dado por imaginarte.
Junto a mí, sobre la taza, estaba colocado todo lo necesario... un cuaderno nuevo de tapas negras y páginas en blanco recién afiladas para cortarme las venas, y el viejo bic cristal para sangrar como dios manda.
Marqué tu número en aquella posición indecente, ensayando cómo despedirme de ti y de nosotros, imaginando el momento con el sufrimiento previo del que nunca ha aprendido a ganar, dándote un solo beso en la mejilla y mirándote mientras te alejas... admirándote por última vez en ese colosal movimiento de caderas diciéndome adiós.
Pero un giro absurdo, un ataque de suicidio preventivo, como el mío pero al revés, te llevó a decir sí. Y nunca habías sabido, hasta hoy, lo cerca que estuve de morirme por ti en una hemorragia de palabras tristes, desnudo bajo el agua caliente para que doliera menos.
Cuando colgué el teléfono estaba tan excitado que tendrás que perdonar que me tocara.
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