martes, 15 de abril de 2014 0 comentarios

Listado de consecuencias de que no seas tú. (Primera parte.)

Esa leve pátina de tristeza sobre mi piel
que la oscurece ligeramente.

Un maldito eclipse de luna en todos los periódicos.

Un montón de páginas fingidas
como prueba forense de tu presencia.

Todas esas personas a mi alrededor
y yo con los ojos vendados.

La suspensión inmediata de todos mis viajes
ante la imposibilidad de quedarme a solas con tu sombra.

Labios agrietados sin tu saliva
incapaces de hidratarse en otras bocas.

Un atasco en hora punta de camiones cargados con tu falsa indiferencia.

Una lanza en el costado.

Un anuncio en breves...
se busca piel que arranque de la mía el roce de tus dedos.

Y en la pared del fondo,
una estantería repleta de palabras que te guardo 
y que se me van cayendo en esta página.







lunes, 14 de abril de 2014 0 comentarios

Algunas explicaciones gráficas por si cambias de idea

Existe un estado mental no catalogado en los archivos médicos de enfermedades espirituosas. Cursa con unos síntomas específicos que lo definen, el afectado ve interrumpida su conexión neuronal con la realidad y sustituye las sinapsis por escenas de celuloide aún no rodadas. El desencadenante de la infección, a la que podríamos llamar... infección fílmica recurrente, tiene un nombre muy concreto... y unos ojos... y unos labios... y también una melena rubia, aunque yo la definiría de otra manera.

Me abstendré de dar más datos por si alguno de los lectores pudiera reconocerla, por no dar explicaciones, y porque no me da la gana que el contagio sea general. Llamadlo altruismo narcisista si os apetece, pero no me puedo permitir compartirla y, al fin y al cabo, ya sabéis todos que el maldito enfermo soy yo y que tú eres tú... ¿verdad?

La característica principal a la que tengo que enfrentarme, aparte de no poder dejar de pensar ni un puto momento en tu imagen, preguntarme dónde andarás y con quién, echarte de menos, y toda esa parafernalia empalagosa que a veces gusta y que dejé hace unos cuantos meses... la característica principal, decía, es que el director de la estúpida película varía en ciclos inestables. Y digo estúpida película no porque lo sea, dios o el guionista me libre, si no porque el estúpido soy yo por mantenerla en cartel durante tanto tiempo con la sala cerrada y vacía.

El caso es que a veces se me pone al mando el pobre Kubrick, y me monta una escena en la que follamos vestidos única y exclusivamente con un par de máscaras venecianas, y yo camino por la calle Infantas sujetando mi erección, mientras me imagino dentro de ti con tus piernas alrededor de mi cintura y tu espalda contra la mesa. Y ésa es una escena antológicamente guarra que me encanta, y el muy cerdo lo sabe.

Pero no creas que es el único, que hay momentos en los que se sienta en la sillita el bueno de Blake Edwards, con su nombre detrás, y me deja mirando a la nada mientras te veo bajo un chaparrón terminando el desayuno con diamantes, plantando tu boca sobre mi boca, mientras mi pobre gata empapada maúlla desesperada porque he cometido la insensatez de querer abandonarla un minuto antes en mitad de la calle de la Reina. Si no la has visto hazlo, porque aparte de excitarme sobremanera tu postura, el momento hace que me vuelva jodidamente loco.

Y cuando llega Woody se completa la obra maestra, porque nos planta en medio de una exposición de fotografía de cuerpos desnudos sin rostro, en Madrid, en la que mantenemos una conversación espantosamente inteligente y divertida, mientras nos subtitula los pensamientos reales... Puedes imaginar cuáles porque en el minuto siguiente estamos fumando maría entre polvo y polvo. 
Cualquier parecido con Annie Hall es más que impura coincidencia.

Existen más escenas, claro,  pero son las tristes y son las que hacen daño. Telefilmes de ésos de después de comer, con directores ejecutables, basados en hechos reales. 

Así que camino por las calles aquejado de este trastorno no descrito hasta esta noche y, lo más grave, es que ninguno de esos maestros de cámara consigue superar la versión de la historia que me deshace, y que es la mía. 

Cuando cojo el timón es siempre al llegar del trabajo, sentado en una esquina del sillón. Justo cuando apareces en la otra, con la espalda apoyada en el brazo de tela marrón, con las piernas cruzadas sobre los cojines, descalza, enseñándome el cuello y tu hombro izquierdo sin cubrir por la camiseta, mirándome y sí, lo admito, sonriéndome mientras me hablas. Es eso, y lo que sé que viene después cuando nos vamos a la cama, y más tarde cuando nos despertamos y te vas y no me importa, porque sé que vas a volver, y que no te necesito todo el tiempo, pero que te necesito y te tengo.

Es eso lo que de verdad me anuda la garganta disfrazado de hechos irreales, lo que me hace morder la claqueta marcando el final de esta enajenación mental permanente desde que apareciste. Es sólo por eso que tengo que atarme con esposas a una rutina en la que no estés antes de que sea tarde. 

Lo verdaderamente jodido es que no quiero hacerlo. 

Que podrías liberarme las muñecas con la llave que llevas al cuello. 

Y que para esta mierda no conozco otro tratamiento.
sábado, 12 de abril de 2014 0 comentarios

Demasiados condicionales

Si por un momento te dejara asomarte,
si abrieras una grieta muy fina en medio de mi pecho
usando un bisturí al rojo para evitar la sangre,
si te dejara entornar la puerta y mirar dentro,
si descubrieras mi viaje de ida al infierno, de días sin ver
y noches durmiendo en el sillón por temor al silencio,
si te dijera que me compré el billete de vuelta y llegué a casa desnudo
porque no podía pagar el exceso de equipaje.

Que lo de escribir es un invento de textos impostados
que disfrazan al tipo que los firma convirtiéndolo en algo que no es.
Que lo que hay dentro no es lo mismo, que es más feo,
que es una batalla a jornada completa entre pedazos de mí,
un tipo que pelea contra sí mismo para evitar el colapso,
acojonado,
acobardado,
sin saber quién es,
pisando cada día sobre las calles sus propios cadáveres.
Si mirases bien en las esquinas,
si te atrevieses a quitar los pulmones de en medio, y el corazón, los riñones,
si borraras de un plumazo la sangre y los fluidos, si no te asustara,
podrías quizá embarcarte conmigo en el viaje de esta puta vida.

Quizá si tuviese el valor de afrontarte a golpes la ventana,
si supiera el modo de contarte que lo que quiero es vivir en tu cuerpo
y alimentarme de ti, y nacer de nuevo y darme de comer a tu boca,
y tumbarte desnuda sobre la cama y hacerte el amor y la guerra.
Quizá si fuera capaz de decírtelo sin el maldito almíbar de las paredes,
si consiguiese de algún modo desvestir el sentimiento
y enseñártelo crucificado por las muñecas, doliéndole,
gritando agonizante,
sucio de realidad y asqueado de esperarte.
Si pudiera mostrarlo como carne cruda expuesta en un mercado de Madrid,
aceptarías el pasaje de al lado de mis cicatrices,
que no se mueren por ti, pero sí porque de vez en cuando las acaricies.

Si pudiera jurarte amor eterno con dolor sudando a tu lado en la cama
sin miedo a que te parezca demasiado,
si no fueses una quemadura más sobre la piel quemada,
si me extrañases a veces y me buscaras...












 
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