viernes, 6 de junio de 2014 0 comentarios

Anacronismos

Sufro una enfermedad anacrónica que me hace nadar en círculos, como si fuera un pez payaso con una de las aletas demasiado pequeña. Nunca me había pasado, mi única forma de nadar hasta ahora había sido en línea recta hacia tierra firme, por esas cosas de mi miedo a ahogarme. Pero ahora, desde que apareció este virus, ando preguntándome cuál será la temperatura del mar en aquella playa sin arena que me enseñaste cuando tú estás dentro.

Es difícil convivir con algo así, te lo aseguro, siempre ando cambiando el centro alrededor del que me muevo sin acercarme, como una especie de órbita nómada de los anhelos que se refieren a ti.

Algunos días simplemente me despierto, y me imagino que soy las páginas en blanco del cuaderno que usas para escribir tus pasos. Te veo llevándome bajo el brazo, sentándote en el Parque del Oeste después de clase, y abriéndome para contármelo todo en tinta negra. Así puedo mirarte por dentro sin esconderme, como si confiaras en mí.

Otras veces giro alrededor del sexo, de tu cuerpo y el mío en una fusión troglodita de esperma y de saliva. Veo las sábanas manchadas de sudor y de nosotros, veo tus ojos vendados sin un centímetro más de tela sobre tu piel, y nuestra ropa a los pies de la cama, como los despojos amontonados de la mentira que ocultan.

Nos veo reales... a ti y a mí.

No siempre me ocurre... va y viene. El resto del tiempo se decolora en telones de rutina para ganarse el pan sin circo, en conversaciones de ascensor con parada en el infierno, y en alguna que otra cerveza con los que me soportan. No te echaría tanto de menos si entre tus pulseras me guardaras un sí resbalándote por la muñeca.

Pensándolo aquí y ahora, alma arriba sobre el colchón... creo que después de tanto tiempo, esto se ha convertido en algo simplemente crónico, sin ana.



jueves, 5 de junio de 2014 0 comentarios

Recuerdos de cafetería

No fue fácil, ¿verdad? El primer contacto físico que tuvimos fue un pisotón en una de aquellas fiestas de navidad, mientras bailabas del brazo de otro y yo me tomaba una cerveza con Javi y Manu... Fue doloroso, lo confieso, pero esa forma de sonreír al pedir disculpas consiguió que no te mandara al carajo. Horas después Javi y yo nos hicimos hermanos cantando a dúo una de Joaquín, línea de salida de confesiones de sangre.

Yo tenía 21 y ya llegaba tarde, con esa prisa absurda que siempre tuve por vivir. Y mientras, tú estabas a las puertas de los 20 cosidos a retazos que al final cumpliste en el asiento de mi coche. Fue poco después, celebrando la muerte de los primeros exámenes en Tribunal, cuando la plaza era un mar de cabezas y bongos y botellas digeridas, y risas y peleas, y a veces un tenor, cuando me di cuenta de que resguardarse de la lluvia en un portal al lado de un garito, era mejor contigo.

Comenzamos a dar las clases en la cafetería entre órdagos y cigarros y mesas de a cuatro que no valían para jugar, y que se clavaban en la espalda como tú te me estabas clavando. Yo no estaba roto aún, eso vino después, pero ya entonces ni siquiera podía reconocerme al espejo.

Y vinieron fotografías en papel, y celos, y noches en vela por cobardía, y 20 de abril en Metropolitano la madrugada en que creíste lo que te contaron, y el parque de Roma, y la furgo de Isaac. Y a mí me temblaban las piernas cuando no llegabas, y en las noches de tequila acabé hablando de ti, mientras nos crecían los enemigos que nunca se creyeron que no habíamos llegado a tocarnos. Ya nos tenían la espalda rajada diez años antes de que Rubén y Leiva y Andrés nos lo cantaran.

Llegué tarde... demasiado tarde. Y llegué con palabras escritas, como casi siempre llego, por esta terca vergüenza a confesar a los ojos, por si me parten el pecho y no tengo tiempo de esconderme para llorar. Habías escogido el camino de la derecha en una encrucijada que nunca supe ver, que me pasé de largo mirando al suelo sin prestar atención a tus huellas.

Y me enfadé contigo, y discutimos en una mesa verde, y ya no volví a cantar cuando íbamos juntos en el coche, ni volví a mirarme el reloj en el metro sentado a tu lado para responderte que veía pasar mi vida. Y no lo entendía, y me manché de barro mientras me moría. Y las piernas me temblaban aún cuando tardabas en llegar.

Fue difícil, pero lo hiciste bien. Y yo me juré no volver a perderme ningún beso por culpa del miedo a que me partieran la cara.

Luego vino la despedida.

Cuando nos volvimos a ver habían pasado más de diez años. El mismo bar donde firmé el contrato que no había respetado, y al lado de mi firma los dos pilares que me sujetaron Madrid antes de que me marchara a ver el mar. Recordé aquella canción con la letra cambiada, mismo país, misma ciudad... otra vida. No éramos los mismos pero quedaba el cariño, y las heridas cosidas a base de café con leche y un banco en el Retiro.

Y volveremos a vernos, seguro, y mientras tanto sigue por favor cuidando de mí desde lejos, pidiéndome que me aleje de las niñatas para que yo no te haga caso. Sabes cómo soy, sabes que sigo dejándome pedazos escritos en cualquier papel, y que ahora me dejo la piel en anacronismos.

Una vez me pediste que te dedicara un primer libro que nunca llegará, déjame que te lo cambie esta noche por un recuerdo.
miércoles, 4 de junio de 2014 0 comentarios

Hay una chica que teme que le dedique cosas... analítica de la situación

Enciendo la televisión 
y me encuentro un capítulo de navidad de los Simpson a principios de junio. 
Todo está desubicado, 
como mi mente durante todo el día, 
como los cubiertos de mi cocina, 
como yo, 
como las velas sin usar apagadas de impaciencia sobre la mesa, 
que compré como amuleto antes de invitarte a cenar. 
Estoy convirtiendo el salón en un escenario de actor secundario 
y las noches pasan por delante de la puerta sin tocarla.

Los cabezazos mantenidos contra tu pared me están dejando sonado. 
Necesito descansar y, sin embargo, 
no me apetece, 
y con embargo, 
me has robado la desilusión que amaba con todas mis fuerzas, 
la que me hacía no esperar nada y punto... 
has tenido los huevos de existir. 

Y yo que duermo con la tele encendida por si los fantasmas, 
que odio el supermercado de víveres para uno, 
que aún tengo recaídas cuando te meto en la centrifugadora y no consigo deformarte, 
que lloro con los pianos... 
he tenido los huevos de encontrarte y no dejarte marchar. 

Y de darte ventaja contando mis miserias 
en una avalancha escrita descrita con detalle, 
haciendo inventario de mi dolor de tripas, 
huyendo del lobo estepario que nos contó Hess, 
nombrando escritores muertos que nacieron un siglo exacto antes que yo, 
para hacerme el listo o porque me apetece, 
no lo sé.

Pero aún me guardo secretos... 
canto a gritos en el coche, 
sigo mirando a las otras mientras me acuesto contigo, 
tengo una manta de abrigo sobre el sofá, 
y me he escrito una lista sin firmar
de las veces que me he puesto colorado estando a tu lado.

Y aún tengo más... 
no sé cómo continuar, 
si con un poco de hielo sobre los chichones 
o echándole cojones y ya está. 

¿Te das cuenta? 
Soy pequeño haciéndome el valiente sin manual.
 
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