lunes, 16 de junio de 2014 0 comentarios

Historias de ciencia fricción

Y yo que estaba encadenado al tedio cuando apareciste,
en lo primero que pensé al encontrarte en aquel giro
fue en escribir un puto libro
de ciencia fricción.
Y afilé la tinta y los cuchillos
para comerme más que tu carne,
saqué del cajón dos cuadernos nuevos para empezar a describirte
y las puñeteras musas,
cobardes,
se aburrieron de no poder compararte con nada.

Ni un jodido símil,
ni una metáfora.

Me dejaron tirado en el sillón
como a un saco de huesos pensante,
divagando con qué coño rimaba el color de tu pelo,
la curva
que adiviné bajo aquella camiseta de tirantes.

No me quedó más remedio que buscarte,
ganarme el infierno abrazando el deseo del calor de tu cuerpo,
de tu fiebre.
Me olvidé de la ciencia
y me quedé contigo.

Así que las noches que me bloqueo te hago hueco en el armario
por si te traes algo de ropa.
Tengo el firme propósito de robarte también tu olor.

Y aquí estamos ahora,
tú perdida en cualquier parte y yo
corrigiendo el maldito borrador
de una historia que nunca empieza.
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4VI

Se me ha acusado de cobardía, 
de odiar a las gatas en celo, 
de no ser un hombre. 

De esconderme en la capucha de las palabras escritas,
de no ocultarme,
de no escapar nunca,
de correr.

Me han leído a la cara mi adicción a los puntos de inflexión, 
a los suspensivos, 
a los suspendidos. 

Se me ha atribuído sinceridad sin escrúpulos,
mentiras sin tapujos,
insensibilidad 
o vivir a flor de piel cuando hasta el viento te hace daño.

Y silencio, 
palabrería,
impostura,
certeza.

Me han llamado poeta,
cerdo, 
genial,
calienta coños.

Me han acusado de perdedor por provocar el final,
de no acordarme de nada,
de no olvidar.

Hay quien dice que lo hago todo trascendente,
otros que no hablo más que de lo que no importa.

Me han descrito en su catálogo como amante vulgar o brutal
según el color de las sábanas.

Tienen razón.

He sido, 
soy.

Punto.



domingo, 15 de junio de 2014 0 comentarios

Libros recién firmados

De vez en cuando la vida se cansa de regalarte esquinas desconchadas
y te deja una pared donde apoyarte. 
Y te apoyas 
con un cigarro encendido 
y una cerveza 
y palabras, 
sujetando Madrid con la espalda. 

No sabes dónde estás y no te importa, 
y fabricas recuerdos de una tarde desembocando en las aceras,
las estaciones,
los andenes... 
en ti desnudo sin quitarte un gramo de ropa.




 
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