No soy capaz de dormir y me he plantado delante de tu carta. Ni siquiera sé por qué lo he hecho. También he sacado dos billetes de metro, y el mapa que me dibujaste para llegar a tu casa en aquella barra de Malasaña. Quizá sólo quisiera vaciar los cajones de papeles amortiguados por la distancia, o limpiar el polvo de los rincones antes de que me ensucie los muebles.
Al sacarla se me ha caído del sobre la sinceridad rota a pedazos, aquella ropa en la que vestías la tinta y la voz cuando mentías. De eso me enteré después, claro, pero ahí están aún las marcas de tus lágrimas corriendo la tinta, huellas en el barro de animales extinguidos ya. Y yo que siempre te había imaginado inclinada sobre ese papel, escupiendo la verdad a secas.
Todavía huele a ti, ¿sabes? Todavía reconozco la mano que la escribió en las haches tumbadas con las que convertías echar de menos en una cama. Veo el bolígrafo que utilizaste, el color negro que en este caso no sobraba. Todavía se esconde en esa página la chica que me enseñabas aquellas noches, que se dormía conmigo tras una batalla de carne cada vez que se escapaba de su cárcel en la ciudad, que quería ver París sin estar sola, que saqué en brazos del coche, dormida, después de diez conciertos. Ésa que me proponía acertijos, y me leía, y me follaba.
Ahora me pregunto quién era ella si no eras tú. Y tu olor y la marca de tus dedos se convierten en recuerdos de otra, memoria de un cuerpo que no era tuyo, los párpados cerrados de aquellos ojos enormes.
Ahora que hace ya mucho que no te confundo por la calle, que no te calco en la curva de las cinturas que me rodean, que no te comparo porque no existías. Ahora que ya ni recuerdo el modo en que se te cayó la máscara que robaste, que sigo teniendo insomnio y escribiendo esta mierda... lo único que siento al leerte, al olerte, al reconocerte en un papel, es la tristeza por el recuerdo del dolor que provoca cualquier mentira.
Ya ves, ni siquiera eres especial en eso.
Es cuando llego a casa
y encuentro el miedo vestido de silencio,
es cuando pienso que las tablas que me sujetan están podridas
y voy a tener que nadar hasta rendirme,
que no hay ninguna isla en medio de ningún océano.
Es ese instante en que camino encorvado subiendo las escaleras,
en que me olvido del interruptor,
y el corazón me pesa una tonelada de preguntas,
y el polvo de Fante no responde
porque todos los libros están cerrados.
Y cuando me hago pequeño de nuevo
y vuelvo a temer la oscuridad de las calles y las azoteas,
cuando las paredes de casa se decoloran
a brochazos de tristeza,
cuando no sé por qué.
Es el momento en que dejo de fingirme,
y me encierro en el baño para vomitar los nervios de no saber cómo seguir.
Cuando la soledad me susurra soledad,
y cambiaría mil latidos por dos abrazos
y un hombro
y una melena exacta donde atragantarme la vergüenza.
Es entonces cuando más te necesito.
Escribo del tirón,
me dan igual los secretos que ya no me guardo
y los quemo en renglones torcidos
para entrar en calor
o morirme de frío.
Y tiemblo.
Las huellas se han borrado
y el camino no tiene orillas ni puertos ni cerveza.
Las barras están vacías,
como los cuerpos.
Me ocultan algo,
lo sé,
y estrello mi rabia en vasos de cristal contra las fachadas.
Es cuando conduzco sin importar a dónde ni cuánto tiempo,
cuando me quedo varado en la última playa
y necesito respirar a cubos de palabras,
de labios,
de lenguas.
De tus palabras,
de tus labios,
de tu lengua.
La nada es la ausencia total de tus manos llamando a mi puerta,
es el invierno de carne congelada,
es mi viaje sin sentido
en un vagón de tercera,
sin billete,
ni equipaje,
ni olvido.
Y también mis pies descalzos sobre el mármol,
y mis ojos, y mis brazos,
y esta costumbre de necesitarte a veces
más que un techo que me seque de la lluvia.
Es el hambre de ti completa lo que me impide saciarme,
y el polvo no tiene respuestas.
No hay contratos firmados con el destino.
y encuentro el miedo vestido de silencio,
es cuando pienso que las tablas que me sujetan están podridas
y voy a tener que nadar hasta rendirme,
que no hay ninguna isla en medio de ningún océano.
Es ese instante en que camino encorvado subiendo las escaleras,
en que me olvido del interruptor,
y el corazón me pesa una tonelada de preguntas,
y el polvo de Fante no responde
porque todos los libros están cerrados.
Y cuando me hago pequeño de nuevo
y vuelvo a temer la oscuridad de las calles y las azoteas,
cuando las paredes de casa se decoloran
a brochazos de tristeza,
cuando no sé por qué.
Es el momento en que dejo de fingirme,
y me encierro en el baño para vomitar los nervios de no saber cómo seguir.
Cuando la soledad me susurra soledad,
y cambiaría mil latidos por dos abrazos
y un hombro
y una melena exacta donde atragantarme la vergüenza.
Es entonces cuando más te necesito.
Escribo del tirón,
me dan igual los secretos que ya no me guardo
y los quemo en renglones torcidos
para entrar en calor
o morirme de frío.
Y tiemblo.
Las huellas se han borrado
y el camino no tiene orillas ni puertos ni cerveza.
Las barras están vacías,
como los cuerpos.
Me ocultan algo,
lo sé,
y estrello mi rabia en vasos de cristal contra las fachadas.
Es cuando conduzco sin importar a dónde ni cuánto tiempo,
cuando me quedo varado en la última playa
y necesito respirar a cubos de palabras,
de labios,
de lenguas.
De tus palabras,
de tus labios,
de tu lengua.
La nada es la ausencia total de tus manos llamando a mi puerta,
es el invierno de carne congelada,
es mi viaje sin sentido
en un vagón de tercera,
sin billete,
ni equipaje,
ni olvido.
Y también mis pies descalzos sobre el mármol,
y mis ojos, y mis brazos,
y esta costumbre de necesitarte a veces
más que un techo que me seque de la lluvia.
Es el hambre de ti completa lo que me impide saciarme,
y el polvo no tiene respuestas.
No hay contratos firmados con el destino.
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