El otro día escuché una teoría en la tele basada en una fórmula física incomprensible... La demostró, en medio de todos esos garabatos, un tipo al que le dieron el premio Nobel, así que me la creí. Según esa teoría, a medias entre las matemáticas y la espiritualidad, (lo de meter el alma en ello lo pongo yo), las partículas subatómicas, ésas tan pequeñas, cuando se entrelazan, pasan a comportarse como si fueran una sola... incluso después de haber sido separadas. Eso significa que si algo altera a una de ellas, la otra reacciona de igual modo.... El tipo que lo descubrió, un tal Einstein, lo llamó "acción fantasmal a distancia". Yo lo llamo "la razón por la que te sigo soñando cada noche".
Así que ya ves, cuando te llamaba preocupado al despertarme, porque por algún desconocido motivo me sentía mal, y creía que algo te pasaba, y tú lo negabas a veces, no estaba loco... sólo entrelazado. Y si ese tipo no estuviera muerto, con su cerebro en láminas repartido por el mundo para ser estudiado, conseguiría su teléfono para que te enviara un mail con la ecuación que demuestra el hilo rojo que nos une.
¿Y qué tiene que ver en eso mi pedacito de papel olvidado con la palabra pérdida? Te preguntarás. Muy sencillo. Esta mañana, mientras me ataba los zapatos, una sensación de pérdida, tu pérdida, me ha subido por la barriga y se ha quedado a dormir detrás de mis ojos... y esta noche, cuando he recordado la palabra escrita, un tipo condenadamente listo y condenadamente muerto ha vuelto para contarme que jamás podré perderte.
Escribí más cosas en aquel papel, hablaban de este año absurdo que se acaba en dos días, hablaban de cómo se crece con todo lo que nos sucede, pero de que los estirones de verdad, esos de un palmo, nos los regala la vida a hostias. También decía algo de en lo que me he convertido, y algo más acerca de no sé qué escudo que se me ha plantado en el pecho después de que te marcharas. Y lo iba a adornar todo con palabras muy bonitas que sudaran mala leche, mezcladas con palabras muy feas que destilaran soledad y un toque de desesperanza por echarte de menos. Pero al final no encuentro ni unas ni otras. Simplemente me he encontrado con una sonrisa cuando he recordado la madrugada en que me llamaste para preguntarme si estaba bien... porque acababas de tener una pesadilla.
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