esta guerra de frases de contrabando
cruzando la frontera sur de tu sonrisa,
esta parada sin prisa
en el futuro callejón.
este animal hambriento de tus zapatos
que hoy escribe garabatos
por detener el momento.
este segundo perdido y otro más
cayéndose del bolsillo,
y la cocina sin pan y con cortina,
y este horno manchado por tu nostalgia
que no me da de cenar.
esta masturbación de cerebro
por el roce de tus dedos,
y la maldita distancia
que me convierte Atocha en la estación de Francia
a dos andenes de tu deportación.
esta forma de no extirparte porque no quiero,
de soñarte en clandestino porque te hiero.
este incendio descontrolado de rima fácil
quemándome sin ti al lado,
esta forma de asfixiarme,
este lunes,
este ahora.
Trepamos a las copas de los árboles de un jardín inundado. Los demás se quedaron entre la maleza pudriéndose despacio, con los pies encharcados de vulgaridad y veinticuatro horas más. Desde allá se les veía tan pequeños que dejaron de importarnos. Entre las hojas escuchábamos sus murmullos de realidad lastrada por los días, las oficinas, las hipotecas, las piernas cerradas y las pieles vestidas.
A ninguno se nos ocurrió dibujarnos un futuro con la forma de las nubes que durante horas veíamos pasar. Estábamos allí y punto, para qué preguntar si era eterno, para qué tapiarlo del miedo al final. Simplemente descansamos, y si alguno tropezaba y se dejaba caer, nos bastaban un par de palabras y sentarnos a esperar.
Nos compramos los billetes a la verdad entre república y fluidos, entre angustia, Leonard Cohen, marihuana, pechos, pezones y un no sentarse en los vagones por si había que bajar. Recorrimos el camino respirando, elegimos vivir a latidos, una cocina era un libro abierto y una ducha un festín.
Y lloramos, claro, cómo no íbamos a llorar. Cómo no odiarte a veces si un orgasmo también era mental, si entre tus caderas leía la equivocación de escapar o de perderte, si cuando me arañabas la espalda no sentía ningún dolor. Si no construimos altares y me ataban más tus errores que tus axiomas de perfección. Si tu cuerpo era la biblia con erratas que leía a besos urgentes, si me trepabas los complejos agarrada a la escalera de tu boca.
Descubrimos la vereda sin utopías, las preguntas respondidas a base de mirar lo que nos ciegan. Nos aprendimos las dudas, y hasta nos quisimos en sexo y alma sin aparentar. Los que nos creyeron locos caminaban boca abajo con los labios descosidos. Fue la hostia, la verdad.
Lástima que tenga que inventarlo aquí sentado y no escondido en tus cajones, que me alimente de esto y no de ti, que sólo viva escrito en mi mente enferma a ras de suelo.
¿Qué pasa con las historias que nunca se escriben?
¿Dónde van?
Envejecen encerradas entre todo lo que no empieza,
forman nubes grises de oportunidad.
Yo puedo capturarlas,
darles forma, amasarlas y hornearlas para obtener pan.
Son mi único alimento.
Puedo hacerlo para ti.
Puedo escribirte un viaje sin excusas,
sin endulzar,
con días en que me odies y te vistas las ganas de quedarte,
con billetes tren,
confesiones,
con clítoris,
con ningún paraguas...
Con heridas que se cierran sentados en un bar.
Podríamos cruzar a nado dos pronombres tú y yo.
Calentarnos los inviernos echando al fuego tus miedos,
enterrar los míos en cualquier altar
que fabriquemos a golpes de colchón y metáforas.
Podríamos manchar el mundo,
detenerlo,
y si te quieres bajar
yo piso el freno del hambre.
Podríamos ser un instante
o la maldita eternidad.
Firmar el prólogo.
Seguir adelante.
¿Dónde van?
Envejecen encerradas entre todo lo que no empieza,
forman nubes grises de oportunidad.
Yo puedo capturarlas,
darles forma, amasarlas y hornearlas para obtener pan.
Son mi único alimento.
Puedo hacerlo para ti.
Puedo escribirte un viaje sin excusas,
sin endulzar,
con días en que me odies y te vistas las ganas de quedarte,
con billetes tren,
confesiones,
con clítoris,
con ningún paraguas...
Con heridas que se cierran sentados en un bar.
Podríamos cruzar a nado dos pronombres tú y yo.
Calentarnos los inviernos echando al fuego tus miedos,
enterrar los míos en cualquier altar
que fabriquemos a golpes de colchón y metáforas.
Podríamos manchar el mundo,
detenerlo,
y si te quieres bajar
yo piso el freno del hambre.
Podríamos ser un instante
o la maldita eternidad.
Firmar el prólogo.
Seguir adelante.
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