¡Un momento! ¿Acaso no era una sombra lo que había cruzado ante sus ojos? Se movía deprisa y la luz de ella no consiguió iluminarla. Se paró, escuchó, miró... nada. Avanzó más despacio, más temeroso, más helado. Paró, allí estaba, por un segundo había estado. Una sombra alargada que se deslizaba casi a ras de suelo. No hacía ningún ruido, pero la había visto, desapareció de nuevo en la sombra antes de ser real. Se mantuvo inerte, atento, inmóvil... nada. Esta vez avanzó más deprisa, el terror le atenazaba, pero tenía que encontrarla. La voz débil de su oído le rogaba que la buscara, el olor a noche despejada le obligaba a no perderla. Anduvo veloz un gran trecho del camino blanco, ya no sentía apenas frío, la sangre recorría su cuerpo a la velocidad del miedo y la impaciencia, al ritmo del deseo de encontrarla. Esta vez no fue la sombra lo que le detuvo, sino dos puntos brillantes, lejanos, de un verde como ningún verde. Avanzaban desde la oscuridad. La Luna se detuvo un instante, el trabajo estaba hecho. Detrás de esos ojos verdes como ningún verde, la sombra se plantó en medio del sendero, justo ante él. No la oyó, sólo la vio saltar de entre los árboles. Pero ahora sí podía verla. Una elegante gata negra, de pelo negro como ningún negro y ojos verdes como ningún verde, lo miraba fijamente.- Te esperaba. - Dijo ella con su voz verde y negra.
Amanecía....

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